Errores históricos y horrores histéricos

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Errores históricos y horrores histéricos

Hace unos años un conocido me dijo en el bar -a modo de burla- que los comunistas estábamos desfasados porque estábamos anclados en símbolos y sistemas fracasados del siglo XX.

¿Desfasado hablar de la probreza, el paro y la precarización de nuestras condiciones de vida actuales? Es curiosa la ceguera de aquellos que instalados en el romanticismo del s.XIX, hijos culturales de una copia cutre del Sturm un Drang, hablan altivamente de todo menos de los problemas de la clase trabajadora. Pero lejos de quedarse en sus preocupaciones metafísicas pretenden que los demás ignoremos nuestros problemas reales. Nunca pense que existiría tal dicotomía, pero es muy grave que haya quien se preocupe por el color de una bandera y no por las condiciones de vida de las personas.

Soy consciente que los símbolos tienen cierta importancia y que la identificación es una necesidad, pero esto no debe llevarnos a pensar que son imprescindibles ni que están por encima de las necesidades materiales. Esto es, deben estar al servicio de las luchas y no ser el motivo de ellas.

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El exsecretario general del PCE, Santiago Carrillo, defenestrado hasta ser considerado por muchos el causante de todos los males del partido (incluso casi cuatro décadas después de su marcha), dijo algo así como que una bandera no merecía una guerra civil y que la suya era la roja, ya que era (y es) la de todos los trabajadores del mundo. Estaría bien que lo que queda de izquierda aprendiese a no tomar la parte por el todo de una vez por todas y ya de paso, a situar cada personaje en su contexto. Estaría bien.

Fue precisamente en el Comité ampliado del PCE un 16 de abril de 1977 donde el partido aceptó la rojigualda. Fueron 169 votos a favor, ninguno en contra y once abstenciones. Se aceptó en un momento extremadamente delicado, con muchos militantes en las cárceles, con ruido de sables y con la experiencia chilena muy reciente. Para muchos fue una traición imperdonable. Para otros fue una necesidad para sacar de las cárceles a la militancia y seguir organizando un partido legal capaz de conquistar derechos y libertades básicas. Así fue. En 1978 se aprobó la Constitución con artículos como el 128 o el derecho a huelga y que seguimos teniendo a nuestra disposición, aunque no por mucho tiempo.

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Lástima que el máximo responsable de IU, Alberto Garzón diga que hay artículos de la CE que parecen escritos por gente de IU. El caso es que murieron camaradas por escribir esas letras y hacerlas realidad. El problema es que ahora no tenemos un partido capaz de cumplirlas. Es una cuestión de correlación de fuerzas aunque también de falta de autocrítica.

¿Cómo es posible que un partido renuncie a sus propias conquistas? Por muchos errores que tenga una organización de clase, esto es incomprensible. Y más ante una amenaza real contra los derechos más básicos, muchos de los cuales hemos disfrutado gracias a la lucha de los nuestros y no de todos esos que ahora se autodenominan constitucionalistas, que mira tú por dónde son los que más la incumplen.

Volviendo a los símbolos. Entiendo que estos son útiles cuando sirven para lograr los objetivos. También que existe una clara diferencia entre mantenerlos de manera folklórica a hacerlo por identificación, convicción y orgullo. El primer caso se da cuando se mantiene como imagen (en la fiesta y poco más) al tiempo que se entierran los principios políticos y el respeto a la propia historia y cultura política. El segundo es cuando tras años de guardar los símbolos, el discurso y el propio partido en el armario (primer caso), lo sacas a la calle con total normalidad. Años ocultando la palabra “comunista” porque puede generar rechazo y resulta que se está convirtiendo en deporte nacional acusar de comunistas a todo quisquie. Frente a algo tan grave y peligroso, solo nos queda llamar a las cosas por su nombre: identificarnos como comunistas y mantener nuestro símbolo más universal (la bandera roja con la hoz y el martillo). Esconderlo es darle la razón al enemigo y más teniendo en cuenta que la mayoría del parlamento neoliberal europeo (PSOE incluido) pretende equipararnos a los nazis en una campaña criminalizadora previa a la prohibición de nuestros partidos como en Ucrania.

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Ahora bien, todo lo anteriormente expuesto no sirve de nada sin lo fundamental un partido cuyo objetivo sea la construcción del socialismo como alternativa al capitalismo. Un partido serio que se haga de respetar. Un partido que se construya sobre una militancia que sea ejemplar y referente. Que esté en los problemas de clase, que sepa analizarlos, dar respuesta y saber organizarla. Esto es que sepa poner el partido como herramienta a disposición de la clase obrera. Solo de esta manera el partido puede convertirse en el que necesitamos.

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En su historia el partido ha cambiado de posición en muchas ocasiones en las cuales se han mantenido los mismos dirigentes. Seguramente en unos casos han sido producto del análisis de la realidad y los cambios que se han dado mientras que en otros lo habrá sido por puro oportuismo o por otro tipo de intereses. Pero por encima de todo debe prevalecer la necesidad de ese partido y entender que nada es ajeno a su contexto histórico. Es un error llamar traidores a quienes aceptaron en su momento la rojigualda como lo es llamar fascista a todo aquel que la cuelgue en su balcón. También lo es seguir llamando “nacionales” al bando-conglomerado fascista de alemanes, italianos y traidores patrios. Mucho peor es identificar España con el Franquismo o el fascismo y dejar en manos del enemigo hasta el nombre del propio país. Enemigos cubiertos con la bandera y llamándose españoles que regalan el país y su soberanía a pedazos al imperialismo.

Como bien dijo Pepe Díaz “¿Patriotas ellos? ¡No! Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general, sois los patriotas los que queréis a vuestro país libre de parásitos y opresores pero los que os explotan no, ni son españoles, ni son defensores de los intereses del país, ni tienen derecho a vivir en la España de la cultura y del trabajo.” Sin duda alguna este fue ese uno de los grandes aciertos de nuestro partido.

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Además el PCE entendió que la II República, a pesar de ser un estado burgués debía ser defendida con uñas y dientes ante un enemigo que quería borrar todas y cada una de las conquistas obreras, como ocurrió tras la victoria fascista. No estaría de más que aprendiésemos un poco de nuestra historia para entender que en la actualidad el enemigo no tardará en borrar del mapa todos nuestros derechos y libertades básicos. Lo triste es que lo hará mientras nosotros hablamos del malvado régimen del 78 y de lo mal que lo hicieron los nuestros en la transición. Seguramente ese día no quedará ni rastro del partido desintegrado por completo en un complejo sistema de coaliciones, confluencias y unidades populares que no son más que pactos entre camarillas que suman debilidades para repartirse cuatro escaños y diez asesores por barba. Justo lo contrario de lo que hizo nuestro partido. Porque vamos camino de hacer todo lo contrario de lo que necesitamos. Como he dicho a lo largo del texto, debemos aprender de nuestra historia. Saber en qué momento estamos y entender que el fascismo eliminó a nuestro partido físicamente mientras que el neoliberalismo lo ha vuelto a hacer, pero ideológicamente. Preparémonos para reconstruir el partido que necesitamos hasta en las peores condiciones, que es a donde nos están empujando.

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