Historia de un imberbe super revolucionario

Llegó al mundo revolucionario en busca de ídolos y de una pandilla potente aunque todo fuese virtual. Allí adquirió una educación probablemente demasiado primaria bajo un dogmatismo febril de posters por las paredes de su habitación. Si bien es cierto que tenía una conciencia de clase bastante arraigada, su formación política dejaba mucho que desear. Decenas de historias sobre traidores a la causa y hombres elevados a deidades le tenían ocupado durante la mayor parte de su tiempo.

Soy marxista– proclamaba erróneamente el joven imberbe- a los cuatro vientos. Bueno, mejor dicho, en las cuatro redes sociales donde solía moverse. Se había convertido en una estrella on-line gracias a las casi 15 horas que dedicaba desde casa de sus padres para lucirse en Internet. Para él todos eran fascistas y traidores. Banalizaba a la peor bestia de la humanidad (el fascismo) e insultaba con su adanismo a la memoria de todas las personas que lucharon contra ella y que conquistaron la mayoría de los derechos y libertades que él gozaba. Prácticamente se sentía el único revolucionario del mundo, el futuro líder. Puede que esperase conseguirlo a base de recriminar a los infieles lo poco revolucionarios que habían sido.

leninLeer y memorizar tres libros de autores marxistas y utilizarlos como dogmas de fe le dieron para mucho: llegó a los 39.785 seguidores y 278 retweets. Los problemas de salud política vinieron el día que empezó a trabajar en la fábrica. Aquello era un infierno –pensaba-. Todos los trabajadores estaban alienados o vendidos – menos él, claro.- Estaba seguro que participar en la asamblea organizada por los sindicalistas de aquella fábrica suponía pasar a ser parte del amarillismo sindical. Desconozco el por qué, pero acudió a la cita e intervino al final para animar a todos a una huelga general indefinida. A más de un compañero se le escapó una carcajada por la actitud pueril del chaval, que desconocía lo difícil que resultaba organizar una huelga de un día en este país y en unas condiciones adversas. Acabó largándose cabreado al grito de “vendidos y amarillistas!”

Su muerte política y sindical vino casi cinco años después, cuando la empresa anunció que él y dos compañeros más serían despedidos sin ningún tipo de explicación y con muy malas formas. Al día siguiente, aquellos sindicalistas “vendidos” acordaron en asamblea hacer paros diarios en la producción hasta que fuesen readmitidos los tres trabajadores afectados.

Aquel calor de clase supuso la muerte de aquel personaje imberbe y aparentemente revolucionario que volvió a la vida real aquel mismo día. Fue readmitido dos semanas después aunque años más tarde la empresa cerró sus puertas. Aquel cierre conllevó un proceso de lucha en el que nuestro amigo ya era un luchador más.

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